Visiones consentidas: cosas que no me alcanzan


(Escrito contra mí mismo)

Por AGA. Según el psicólogo Manuel Calviño “muy poco, es insuficiente, mucho, es demasiado.” Parece que realmente es así, pues el cantor y filósofo Alberto Cortez también dijo que “todo es cuestión de medida”. De este modo, sobre las cosas que nos faltan o nos sobran, sería muy difícil ponernos de acuerdo y, mucho más lo sería, confeccionar un listado jerarquizado (vaya palabra bonita esta) de todas esas cosas. Me concentraré en algunas que, irremediablemente, no nos alcanzan; ¡no me alcanzan!

Lo primero, aunque quizás para muchos no sea lo primero, es el tiempo, a pesar de que en el Eclesiastés se dice que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo [de robar –digo no, no–] de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de afligirse, y tiempo de bailar [¡qué rico!]; […] tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar [¡guao!], y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz…”; tiempo de reuniones, y tiempo para hacer planes de mejora; tiempo para la preparación de la asignatura, y tiempo para las aulas virtuales; tiempo para copiar tesis doctorales, y tiempo para hacer ejercicios de categoría docente; tiempo para dar ocho horas de clases, y tiempo para acreditarse, realmente, aunque no nos alcance, todo tiene su tiempo.

¿Y lo segundo? Lo segundo que no me alcanza, díganlo ustedes mismos, claro está, lo segundo es el salario. Que alguien se haga el “come candela” y me diga que sí, que el salario sí le alcanza, para decirle en su misma cara hasta del mal que va a morir. Miren, la verdad es que si nos hacemos los bobos, el sueldo entero se nos va en comprar nanos almuerzos a ultra precios, pilitas para el reloj, pomitos de aceite y zapatos de la shopping –¡qué caros y faltos de calidad están!–.

Les voy a confesar algo, se los voy a decir bajito, yo que soy menos creyente que mi amigo Tony Fuentes y que cualquier otro, me paso casi toda la noche rezándole a los santos y a los cuadros para que no se me vayan a romper el refrigerador, el televisor, la hornilla o las ollas energéticas. De dónde, sí, de dónde alguien como yopodría sacar dinero para arreglar esos costosos equipos: la única salvación posible sería un viaje al extranjero…

Quizás otras dos cosas que se me escapan, “así como se escapa el agua entre los dedos”, son los “mandados” de la bodega y las compras feriales de los domingos: ¿quién no ha tenido que pedirle a la vecina –por cierto, a la vecina sí que no le falta nada– un poquito de sal o de café o de azúcar; o quién no ha sido víctima de un despiadado pedido similar? ¡Qué tire la primera piedra!

Y hablando de agua, esa es otra cosa que a muchos no nos alcanza para nada, y no digamos la fría, la de beber en el almuerzo (que según dicen los chinos es muy perjudicial para la salud y, por eso, cuando veo a alguien llevar pomitos congelados al comedor me digo “se está suicidando”). Del agua que hablo, colegas, es de la que se usa para lavarse, de la que es para limpiar los baños. ¡Qué escasa y cara está el agua, Matilde!

Vean, no me alcanzan las hojas (y no me refiero a la de los árboles que, como sabemos, los cambios climáticos deshacen por minutos, sino a esas, a las de hacer informes y las de dejar evidencias); los plumones brillan por su ausencia, también los bolígrafos, la tinta de impresoras y estas en sí (o sea, ¡la cosa en sí!); conseguir una PC para copiar y pegar es un suplicio –y aunque parezca un contrasentido–, tampoco me alcanza la cuota para navegar en internet.

Óiganme, que Miguel Velázquez diga si esto que les diré es verdad o si es mentira, pero por ahí hay muchos, muchísimos, a quienes no les alcanzan ni las letras, ni las palabras, ni los signos de puntuación: parecerá ciencia ficción lo que les cuento, pero es así, y no es por un problema de aprendizaje, de tiempo, o de que los profesores de Español sean tan pésimos, ¡no!: escriben zevoya, así como ustedes lo ven, ¿y saben por qué?, porque no les alcanzan las ce, las be y las elle (o quizás sea por falta de dinero, vaya usted a saber). Y qué decir del saludo y de las frases de cortesía y de reconocimientos: esas, casi siempre, están más escasas que la carne de res, que ya es mucho decir.

En varias cosas más, evidentemente, al menos yo, me quedo corto, muy corto: les hablo de los conocimientos, las habilidades y de unas libritas más. Leo, leo, leo, hago, hago, hago, como, como, como ¡y nada! No consigo entender el mundo… ¡ni las tesis de mis colegas! (a Noam Chomsky, a Atilio Borón, a Paulo Freire, a Manuel Velázquez y al Insurrecto a veces los entiendo). Cuando yo vivía allá en Los Ángeles –por supuesto, de Banes–, pensé que me lo aprendería todo y estoy terminando sin saber nada; entonces, me pregunto cómo yo podría escribir una ficción sobre un modelo didáctico para el tratamiento de la imagen, el sonido o el video digitales (si de estas cosas ni siquiera tengo de dónde copiar y pegar). No logro bailar, cantar, nadar, ni manejar una pizarra digital interactiva. Me encanta –como plato–, la morcilla prieta, el picadillo sintético, el chícharo en bolitas, el arroz sin aceite, nada de ensaladas; o sea, que como cualquier cosa, pero, no aumento ni una onza.

Y díganme algo, ustedes que deambulan tanto por la Ciudad, cómo logran estar a las 7:20 para iniciar la jornada en la universidad y después, ya cansados, irse para sus casas –si es que tienen casa–. ¿A quiénes de ustedes les son suficientes los ómnibus y ese espacio vital, íntimo, amoroso, que nos debía corresponder dentro de ellos?; cualquiera de ustedes, por favor, que me diga si hacia el fin de mes le queda algún menudito para la alcancía.

Otras cosas me sobran, diría que en buenas cantidades, pero de esas, repito, no hablaré hoy. Se los digo con sinceridad, a mí no me alcanzan las cuchillas para afeitarme, el jabón para bañarme y los peines para peinarme; a Machado, mi amigo, parece que sí. Otra cuestión es la vista, y no quiero ni pensar en el tormento que resulta buscarse unos espejuelos; la vista ya casi no me da para nada: ahora mismo, Amaury, no no, tú no, tú estás comprometido; Osmel, ayúdame a mirar, que no me alcanzan los ojos para ver tantas mujeres bellas que hay por allí y por allí y por allí…

Concho, qué hora es, mejor me dejo de vainadas, pues parece que he perdido la memoria: fíjense, no sé si venía o si iba para el comedor.

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Acerca de Luis Ernesto

Licenciado en Matemática-Computación en 1996. Profesor de Tecnología Educativa de la Universidad de Ciencias Pedagógicas "José de la Luz y Caballero", en la que durante varios años fue webmaster. Actualmente es Director de Relaciones Internacionales.
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Una respuesta a Visiones consentidas: cosas que no me alcanzan

  1. Es bonito este divertimento, ¡FELICIDADES! Comparándolo con la sugerencia del viceministro de Cultura, Rojas, y como este es un medio de Comunicacción en función de PRENSA, me recordaste un artículo ¡CLAVE! te voy a pegar, disfrútalo:

    Cómo deben ser nuestros periódicos.
    Firmado: N.LENIN.
    “PRAVDA”, Nº 202, 20 de septiembre de 1918.

    Se dedica espacio excesivo a la agitación política de viejos temas, a la charla política. Es increíblemente reducido, en cambio, el que ocupa la construcción de la nueva vida, los hechos y realidades que se refieren a ello.
    ¿Por qué no decir en 20 ó 10 renglones lo q1ue ocupa 200 ó 400; cosas tan simples, notorias, claras, suficientemente conocidas ya por la masa como la ruin traición de los mencheviques lacayos de la burguesía, como la invasión de los japoneses e ingleses para restablecer los sagrados derechos del capital, como las amenazas de los multimillonarios norteamericanos que muestran los dientes a los alemanes, etc., etc.? Es necesario hablar de ello, señalar cada hecho nuevo, pero no se trata de escribir artículos, repetir argumentos, sino de destacar en unos pocos renglones, “en estilo telegráfico”, las nuevas manifestaciones de esa vieja política, ya conocida y caracterizada.
    La prensa burguesa de los “buenos tiempos de antes” no habla siquiera del tema “prohibido”, de la situación interna de las fábricas y empresas privadas. Esta costumbre favorecía a la burguesía, pero nosotros debemos terminar en forma radical con ella. No lo hemos hecho. Las características de nuestros periódicos no se modifican como correspondería en una sociedad que realiza el paso del capitalismo al comunismo.
    Menos política. Esta es por completa “clara” y se reduce a la lucha que libran dos campos: el del proletariado sublevado y un puñado de esclavistas capitalistas (en esta jauría incluyo a los mencheviques y otros). Respecto de esta política, repito, es posible y necesario hablar en forma muy breve.
    Más economía. Pero no en forma de argumentos “generales”, ensayos científicos, estructuras intelectuales y absurdos por el estilo, como por desdicha ocurre con demasiada frecuencia. Necesitamos reunir hechos sobre la construcción real de la nueva vida, verificarlos en detalle y estudiarlos. ¿Existen éxitos efectivos en la organización de la nueva economía en las grandes fábricas, en las comunas agrícolas, en los comités de pobres, en los consejos de economía nacional de los diferentes lugares? ¿Qué éxitos son esos? ¿Se ha demostrado que lo son? ¿No se trata de frases hechas, de alabanzas, de promesas de intelectual (“las cosas se arreglan”, “el plan está elaborado”, “pondremos en acción las fuerzas”, “ahora garantizamos”, “la mejoría es indudable” y charlatanería similar, en la que “somos” verdaderos maestros)? ¿Con qué se lograron estos éxitos? ¿Cómo ampliarlos?
    ¿Dónde está la lista negra de los rezagados en las fábricas retrasadas, que después de la nacionalización continúan siendo modelo de desorden, descomposición, suciedad, bandidaje y holgazanería? No existe. Pero hay fábricas tales. Y no cumplimos con nuestro deber si no declaramos la guerra a estos “conservadores de las tradiciones del capitalismo”. No somos comunistas, sino vagabundos, si soportamos en silencio estas fábricas. No somos capaces de llevar a los periódicos la lucha de clases como lo hacía la burguesía. Recuerden cuán magníficamente acosaba a sus enemigos de clase, como se ensañaba en ellos, cómo los ridiculizaba y les hacía la vida imposible. ¿Qué hacemos nosotros? ¿Acaso la lucha de clases en la época de transición del capitalismo al socialismo no consiste en proteger los intereses de la clase obrera de la actividad de esos puñados, grupos, capas de obreros que se aferran a las tradiciones (costumbres) del capitalismo y adoptan ante el Poder soviético la misma actitud que antes: trabajar para “él” lo menos y peor posible, y obtener de “él” la mayor cantidad de dinero. ¿Son acaso poco numerosos estos canallas, incluso entre los cajistas de las imprentas soviéticas, entre los obreros de Sórmovo y Putilov, etc.? ¿Cuántos hemos encontrado, a cuántos hemos desenmascarado, a cuántos hemos puesto en la picota?
    La prensa calla al respecto. Y cuando escribe, lo hace al estilo de los burócratas y funcionarios, no como debe hacerlo la prensa revolucionaria, un órgano de la dictadura de una clase, cuya función es demostrar con hechos que la resistencia de los capitalistas y los parásitos que conservan sus costumbres será suprimida con mano de hierro.
    Lo mismo ocurre con la guerra. ¿Acosamos acaso a los jefes militares cobardes, a la negligencia? ¿Deshonramos ante Rusia a los regimientos que no sirven para nada? ¿Hemos “encontrado” un número suficiente de los peores elementos, a los cuales habría que eliminar del ejército, haciendo el mayor ruido posible, debido a su inutilidad, incuria, atraso, etc.? No libramos una guerra efectiva, implacable, verdaderamente revolucionaria contra los culpables concretos del daño, Utilizamos pocos en la educación de las masas los ejemplos y modelos vivos, concretos, en todos los aspectos de la vida, y ésta es la tarea fundamental de la prensa en la época del tránsito del capitalismo al comunismo.
    Prestamos poca atención a lo cotidiano en la vida interna de las fábricas, en el campo y en el ejército, y allí es donde se construye en mayor medida lo nuevo, lo que merece fundamental atención, difusión, que debe ser criticado desde el punto de vista social, combatiendo los defectos y llamando a aprender de los mejores ejemplos.
    Menos Charlatanería política. Menos razonamientos de intelectual. Aproximarse más a la vida. Prestar más atención a cualquier manifestación de lo nuevo que revele en su labor diaria la masa obrera y campesina. Comprobar mejor hasta que punto es comunista esta manifestación de lo nuevo.
    (Fin de la transcripción)
    Lic. Alexis Mario Cánovas Fabelo.

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